Una cámara de seguridad instalada en un gallinero del norte de Israel fue el primer indicio. Su dueño, un granjero, abrió la aplicación en su teléfono y descubrió que el idioma de la interfaz había cambiado al árabe.
Al alertar al Centro Nacional de Ciberseguridad israelí, los expertos confirmaron lo peor: hackers habían tomado el control de la cámara china. No les interesaban las gallinas. La orientación del dispositivo ofrecía una línea de visión directa sobre los movimientos de las fuerzas de seguridad israelíes en la frontera con Líbano.
No era un caso aislado. Era un síntoma.
1.200 millones de ojos, 40.000 puertas cerradas
Según la consultora S-RM, en el mundo hay aproximadamente 1.200 millones de cámaras conectadas a internet. Están en sistemas de seguridad, timbres, controles de tráfico, incluso monitores para bebés. Y cualquiera de ellas es potencialmente vulnerable a la intromisión, advierten expertos y hackers.
La escala del problema se mide en las respuestas. Ucrania afirma haber identificado y neutralizado cerca de 40.000 cámaras que representaban un riesgo potencial desde el inicio de la invasión rusa. En Israel, las autoridades han detectado más de 250 cámaras sensibles hackeadas por grupos vinculados a Irán en lo que va de año. No son cifras menores. Son la evidencia de que la vigilancia civil se ha convertido en una puerta de entrada a la inteligencia militar.
El campo de batalla se extiende a la infraestructura civil
Ucrania y Rusia han intensificado el hackeo de cámaras para espiarse mutuamente, encontrar nuevos objetivos y evaluar daños. El caso más significativo ocurrió en 2024, cuando hackers rusos secuestraron cámaras residenciales en Kiev, incluida una instalada por una comunidad de vecinos. El Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) determinó que Rusia pretendía usar las imágenes para “ajustar ataques con misiles”, refinando la puntería de ataques posteriores.
Ucrania no se quedó atrás. El grupo Team OneFist accedió a cámaras en el puente de Kerch, que conecta Crimea con Rusia, y proporcionó imágenes que ayudaron a refinar los planes de ataque, incluido el descubrimiento de que Rusia había instalado detectores de movimiento bajo el puente. En 2022, el mismo grupo ayudó a localizar y atacar una base aérea secreta rusa.
Israel, por su parte, ha explotado esta táctica con una precisión quirúrgica. Según informes, hackeó las cámaras de tráfico de Teherán durante años para rastrear los movimientos de los guardaespaldas del líder supremo Ali Khamenei. Los datos obtenidos alimentaron la planificación del asesinato del líder iraní a principios de este año. Un funcionario de inteligencia lo resumió así: “Entendemos Teherán como entendemos Jerusalén. Y cuando conoces un lugar como la calle donde creciste, notas incluso el detalle más pequeño que no encaja”.
La IA lo cambió todo
Lo que antes requería un analista humano revisando horas de metraje, ahora lo hacen algoritmos. La inteligencia artificial ha transformado cámaras diseñadas para la seguridad en herramientas de combate que rastrean, vigilan y atacan al enemigo, superando a menudo las capacidades de los analistas humanos.
“La IA lo cambió todo”, afirma Kristopher Kortright, líder de Team OneFist. Los algoritmos digirieron interminables horas de grabaciones para encontrar patrones ocultos que los agentes pueden monitorizar. Lo que antes era una aguja en un pajar, ahora es una línea de datos procesable en cuestión de minutos.
El modus operandi es simple pero efectivo. Las agencias de inteligencia rastrean internet en busca de cámaras vulnerables y las acceden robóticamente probando millones de contraseñas. Los fabricantes chinos, en particular, han sido señalados repetidamente por contraseñas predeterminadas débiles y protocolos de seguridad deficientes. Una campaña reciente, denominada CameraSwarm, comprometió más de 14.500 cámaras Dahua en Ucrania y Rusia en solo 35 días utilizando fuerza bruta y códigos de recuperación generados a partir de números de serie, sin necesidad de conocer la contraseña de administrador.
Cuando la cámara no es el objetivo, sino la puerta
El riesgo no se limita al espionaje militar. Las cámaras conectadas se han convertido en el eslabón débil para ataques más amplios. El grupo de ransomware Akira utilizó una cámara web sin protección para eludir los sistemas de detección de endpoints (EDR) de una organización. Desde la cámara, que ejecutaba Linux y carecía de monitorización, los atacantes cifraron archivos en toda la red.
“El Internet de las Cosas es un área tan salvaje que todo, lo sepas o no, es una extensión de tu superficie de ataque”, advierte Paul Caron, responsable de cibernética de S-RM para las Américas. La razón es simple: los responsables de instalar estas cámaras —gerentes de instalaciones, equipos de mantenimiento, no especialistas en TI— rara vez tienen conocimientos de ciberseguridad. “Su trabajo es montar la cámara, encenderla y marcharse”, señala Xu Zou, de Palo Alto Networks.
La propaganda y el miedo
Más allá del campo de batalla, las cámaras hackeadas se han convertido en una herramienta de guerra psicológica. El grupo vinculado a Irán Handala se jacta de poder ver y oír a los israelíes cerca de sus casas: “¿Tienes un mensaje? Encuentra la cámara de tráfico más cercana y habla”, escribieron en uno de sus sitios web.
El grupo Moses Staff hackeó una cámara de seguridad en Jerusalén para monitorizar el atentado de 2022 en una parada de autobús que mató a dos personas e hirió a más de veinte. Las imágenes se utilizaron después en vídeos de propaganda. “Para ellos se trata de presumir de superioridad intelectual”, explica Ari Ben Am, del Centro de Innovación Cibernética y Tecnológica de la Fundación para la Defensa de las Democracias.
Regulación, un parche en un dique
Algunos países occidentales han prohibido marcas chinas de cámaras web fáciles de hackear o sospechosas de vínculos gubernamentales. China, por su parte, aprobó en 2025 un reglamento de sistemas de videovigilancia para la seguridad pública que exige evaluaciones de seguridad y protección de datos personales. Pero como demuestra el caso del granjero israelí, incluso las cámaras protegidas son vulnerables a hackers determinados.
El problema es estructural. La superficie de ataque se expande más rápido de lo que la regulación puede seguirle el paso. Y mientras la inteligencia artificial sigue abaratando y acelerando el análisis de imágenes, la brecha entre lo que los ejércitos pueden ver y lo que los ciudadanos pueden proteger no deja de crecer. La próxima vez que mires una cámara de seguridad, recuerda: en algún lugar, alguien puede estar mirando a través de ella.
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