Existen libros que describen el presente con precisión de cirujano, y libros que se atreven a imaginar el futuro con la lucidez de un profeta. Tierra quemada: Hacia un mundo poscapitalista, de Jonathan Crary, pertenece a la segunda categoría.
El autor, que ya sacudió la conciencia colectiva con 24/7: el capitalismo al asalto del sueño, regresa con un ensayo que no se limita a diagnosticar la crisis de nuestro tiempo, sino que plantea la pregunta que muchos evitan formular: ¿es posible un mundo más allá del tecnoconsumismo?
La respuesta de Crary no es optimista, pero tampoco derrotista. Es incómoda, urgente y necesaria.
El autor sostiene que nos enfrentamos a un escenario de tierra chamuscada: una sociedad inmersa en el consumo tecnológico ininterrumpido, una naturaleza devastada por el expolio de recursos, un planeta lleno de plástico y pesticidas, y una humanidad cada vez más aislada, atomizada, desconectada de los demás y de sí misma.
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El complejo de internet: la jaula invisible
El concepto central del libro es lo que Crary denomina el “complejo de internet”. No se trata solo de las grandes tecnológicas, ni de las plataformas digitales, ni de la infraestructura de servidores y cables submarinos.
Se trata de algo más profundo y más peligroso: la presencia total de la tecnología digital en todas las esferas de la vida, hasta el punto de que cualquier idea que contemple su marginación o ausencia resulta impensable.
Esta es la trampa. El complejo de internet no se presenta como una imposición externa, sino como una condición natural del mundo moderno. Es como el aire que respiramos: no lo cuestionamos porque no podemos imaginar la vida sin él.
Trabajamos con ordenadores, nos comunicamos por aplicaciones, compramos en línea, nos informamos en redes sociales, nos entretenemos con plataformas de streaming. La tecnología digital no es una herramienta que usamos; es el entorno en el que vivimos.
Crary argumenta que esta omnipresencia es precisamente lo que la hace tan difícil de combatir. No hay un enemigo visible, no hay un tirano al que derrocar, no hay una ley injusta que derogar. El complejo de internet es una red difusa de intereses corporativos, infraestructuras técnicas, hábitos culturales y dependencias psicológicas que se refuerzan mutuamente. Y su lógica es incompatible con la vida humana tal como la hemos conocido.
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La incompatibilidad fundamental
El argumento más provocador de Crary es que la cultura y la economía tecnoconsumistas son intrínsecamente incompatibles con una tierra habitable. No se trata de un problema de regulación, de falta de voluntad política o de ignorancia. Se trata de una contradicción estructural.
El capitalismo digital se basa en la extracción y el consumo permanente. Los dispositivos se renuevan cada pocos años, las plataformas compiten por nuestra atención, los algoritmos nos empujan a comprar más, a consumir más, a estar más conectados.
Este modelo económico requiere un crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos. Y requiere también una población permanentemente distraída, permanentemente estimulada, permanentemente insatisfecha.
Crary va más allá de la crítica ecológica convencional. Lo que le preocupa no es solo el agotamiento de los recursos naturales, sino la destrucción de las condiciones que hacen posible una vida humana digna.
La interdependencia, el cuidado mutuo, la atención sostenida, la capacidad de estar presente, de escuchar, de contemplar: todas estas capacidades están siendo erosionadas por la lógica del tecnoconsumismo.
La atomización social: solos frente a las pantallas
Uno de los aspectos más lúcidos del ensayo es su análisis de la atomización social. Las redes y plataformas digitales prometían conectarnos, pero el resultado ha sido una paradoja: nunca hemos estado tan “conectados” y nunca nos hemos sentido tan solos.
Crary sostiene que esta soledad no es un efecto secundario, sino una característica del sistema.
Las plataformas digitales se benefician de nuestra atención individual, de nuestra interacción con pantallas, no con personas. Nos ofrecen la ilusión de comunidad sin la reciprocidad del encuentro real. Nos permiten “conectar” sin comprometernos, sin exponernos, sin arriesgarnos.
El resultado es una sociedad de individuos aislados, cada uno frente a su dispositivo, cada uno consumiendo su propio contenido personalizado, cada uno convencido de que está ejerciendo su libertad cuando en realidad está siguiendo un guion diseñado por algoritmos. La atomización no es un accidente; es el modelo de negocio.
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La resistencia: organizarse colectivamente
Frente a este panorama, Crary no propone soluciones individuales. No se trata de “desconectar” unos días, de hacer un “detox digital” o de comprar un teléfono tonto. Estas soluciones, aunque bien intencionadas, son insuficientes porque dejan intacta la estructura que produce el problema.
Lo que Crary reivindica es la importancia de organizarnos colectivamente. La resistencia al complejo de internet no puede ser individual; tiene que ser política, social, comunitaria. Necesitamos espacios de encuentro real, instituciones que no estén mediadas por plataformas corporativas, formas de vida que no dependan de la conexión permanente.
El autor no detalla cómo sería ese mundo poscapitalista. No ofrece un plan quinquenal ni una hoja de ruta. Lo que ofrece es algo más valioso: la convicción de que otro mundo es posible, de que la historia no ha terminado, de que podemos imaginar y construir formas de vida más humanas, más sostenibles, más justas.
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Una crítica despiadada del presente
La crítica ha recibido Tierra quemada con entusiasmo. Andreas Malm, uno de los pensadores más influyentes del ecologismo contemporáneo, ha escrito que “después de 24/7, Jonathan Crary confirma aquí su posición como el crítico más despiadado de todo lo que existe. Su clarividencia es profética”.
La comparación con 24/7 no es casual. Aquel libro, publicado en 2013, analizaba cómo el capitalismo había colonizado el sueño, la última frontera de la vida humana no sometida a la lógica de la producción y el consumo.
Tierra quemada amplía ese análisis a la totalidad de la existencia. Ya no se trata solo de que no podamos dormir; se trata de que no podemos escapar del complejo de internet ni siquiera cuando dormimos.
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Un ensayo necesario en tiempos de resignación
Tierra quemada es un libro incómodo. No ofrece consuelo, no promete soluciones fáciles, no nos dice que todo va a estar bien. Lo que ofrece es una descripción honesta y lúcida de la trampa en la que nos encontramos, y una invitación a pensar cómo salir de ella.
En una época en la que el pensamiento crítico está siendo marginado por la urgencia de la actualidad, en la que la política se reduce a la gestión del presente y la imaginación del futuro ha sido secuestrada por el tecnoptimismo, el ensayo de Crary es un acto de resistencia intelectual.
Nos recuerda que las cosas no tienen que ser como son, que el capitalismo no es el fin de la historia, que la tecnología no es un destino inevitable.
La tierra está quemada, sí. Pero aún no es ceniza. Y mientras haya personas capaces de imaginar otro mundo, de organizarse colectivamente, de resistir la atomización, habrá esperanza. Crary nos invita a ser esas personas. La pregunta es si seremos capaces de aceptar la invitación.
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