Ni las alarmas, ni las cámaras, ni los guardias pudieron detenerlos. Apenas treinta minutos después de que el Museo del Louvre abriera sus puertas este domingo, cuatro ladrones encapuchados ejecutaron un robo tan rápido y preciso que ha dejado a toda Francia boquiabierta.
En cuestión de minutos, lograron escapar con un botín de ocho joyas imperiales de valor incalculable. Los delincuentes llegaron por el flanco sur del museo, junto al Sena, una zona en obras que se convirtió en su puerta de entrada al arte.

Montados en dos motos y con apoyo de un camión, subieron por un montacargas, rompieron una ventana con motosierras portátiles y accedieron directamente a la galería de Apolo, donde se exhiben las joyas napoleónicas.
Entre las piezas robadas figuran diademas, pendientes, collares y broches pertenecientes a reinas y emperatrices del siglo XIX: María Amelia, Hortensia, María Luisa y la española Eugenia de Montijo. Solo una pieza, la corona de la propia Eugenia, se dañó durante la huida y fue abandonada.
Paradójicamente, los ladrones pasaron por alto el diamante Régent, una gema legendaria valorada en más de 60 millones de dólares, expuesta a escasos metros.

Una operación quirúrgica
La policía francesa describe el atraco como “muy profesional” y “sin violencia directa”, aunque se sabe que los ladrones amenazaron a los guardias con motosierras encendidas.

De momento, no hay detenidos. Se han encontrado un chaleco reflectante amarillo, varias herramientas usadas y restos de huellas parciales.
La Fiscalía de París ha abierto una investigación por robo en banda organizada. Todo apunta a un grupo de crimen profesional, quizá con contactos en el mercado negro de arte o en talleres especializados en desmantelar piezas preciosas.
El riesgo, según expertos, es que las joyas ya sean desmontadas para su venta por partes, lo que supondría la pérdida total de su valor histórico y artístico.
El eco en la seguridad del museo
Más allá del robo en sí, el golpe ha destapado un problema crónico: la falta de seguridad en el Louvre. Hace meses, los empleados del museo alertaron de la falta de personal y de sistemas de vigilancia anticuados. En los últimos cinco años, el museo ha perdido alrededor de 200 trabajadores.
El presidente Emmanuel Macron había prometido una renovación completa de las instalaciones, pero los trabajos aún no habían comenzado.
La ministra de Cultura, Rachida Dati, reconoció que “durante cuatro décadas, Francia ha descuidado la protección de sus museos”.
Un episodio que revive la historia
Este no es el primer robo en el Louvre. En 1998 desapareció a plena luz del día el cuadro El camino de Sèvres, de Camille Corot, que nunca se recuperó. En 1983 se robaron piezas de armadura renacentista, halladas casi treinta años más tarde.
Y, por supuesto, todos recuerdan el histórico robo de 1911, cuando La Gioconda fue sustraída por Vincenzo Peruggia, un antiguo empleado que pretendía devolverla a Italia.
El Louvre reabre sus puertas
Luego del susto, el museo fue desalojado y cerrado temporalmente. Hoy lunes 20 de octubre, el Louvre reabre con normalidad, manteniendo sus horarios habituales de 9:00 a 18:00 (miércoles y viernes hasta las 21:45, cerrado los martes).
Los visitantes afectados por el cierre podrán pedir el reembolso de sus entradas.
El eco del robo, sin embargo, aún resuena entre las columnas del museo más famoso del mundo. Un golpe audaz y silencioso que ha devuelto al Louvre una fama tan cinematográfica como indeseada.
El botín de un valor incalculable del robo
Un conjunto de joyas pertenecientes a la realeza francesa (piezas que formaban parte del patrimonio histórico y artístico del país) desapareció misteriosamente de una de las salas dedicadas a las joyas del Segundo Imperio.
Las piezas robadas son de un valor no solo económico, sino también histórico y simbólico.
Entre los objetos sustraídos se encuentran:
- Una diadema de la reina María Amelia, última reina de los franceses, confeccionada en oro y diamantes, símbolo del refinamiento de la casa de Orleans.
- Una diadema de la reina Hortensia, madre de Napoleón III, célebre por su diseño de estilo Imperio con diamantes y perlas naturales.
- Un collar y un pendiente del conjunto de zafiros pertenecientes a ambas reinas, un juego que combinaba piedras de excepcional pureza montadas en platino y oro blanco.
- Un collar y un par de pendientes de esmeraldas de la reina María Luisa, piezas procedentes de Nápoles que destacaban por la rareza de sus gemas colombianas.
- Un broche de manufactura francesa del siglo XIX, con incrustaciones de diamantes en talla rosa.
- Una diadema de la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, considerada una de las joyas más admiradas del museo por su diseño y por el prestigio de su portadora.
Expertos en joyería histórica consultados por Le Monde estiman que el valor de las piezas en el mercado negro podría superar los 20 millones de euros, aunque aclaran que su verdadera importancia es inestimable, dado que pertenecen a la historia de la dinástica de Francia.
Las diademas y collares robados no solo eran objetos de exhibición, sino símbolos de un pasado que unía arte, historia y poder: “Cuando desaparece una joya real, desaparece una parte de la historia de Francia” resumió Montagnier.