El académico Yang Xiongli, pionero de la neurociencia en China, advierte sobre los riesgos de las interfaces cerebro-computadora y reflexiona sobre el futuro de la inteligencia artificial
Imagínese un mundo donde sus pensamientos más íntimos ya no le pertenecen. Donde cualquier persona con la tecnología adecuada, podría acceder a sus recuerdos, sus deseos, sus miedos. Un mundo donde la privacidad mental, ese último bastión de nuestra individualidad, se desvanece por completo.
Esto, no es una distopía sacada de una novela de ciencia ficción: según el profesor Yang Xiongli, académico de la Academia China de Ciencias y decano fundador del Instituto de Ciencias del Cerebro de la Universidad de Fudan, es una posibilidad real si la tecnología de interfaces cerebro-computadora (ICC) avanza sin los debidos controles éticos.

En una extensa entrevista concedida al programa “Science Masters”, el renombrado neurobiólogo y uno de los fundadores del programa chino de neurociencia lanza una advertencia clara: aunque las ICC prometen avances revolucionarios en medicina, su uso en personas sanas carece de justificación y entraña riesgos que apenas comenzamos a comprender.
La fiebre de Neuralink, ¿Esperanza o espejismo?
El detonante de esta reflexión es el anuncio de Neuralink, la empresa de Elon Musk, que ha realizado su primera cirugía de implantación de una interfaz cerebro-computadora en un ser humano. Musk ha declarado públicamente que los resultados son prometedores, y los expertos de la industria ya especulan con un futuro donde las personas comunes puedan usar estas interfaces para controlar dispositivos con el pensamiento, adquirir capacidades sobrehumanas o incluso comunicarse telepáticamente.
Ante este entusiasmo, la respuesta del profesor Yang es categórica: “No estoy de acuerdo con implantar interfaces cerebro-computadora en personas normales, esto no es ninguna broma.”
Su postura no surge de una oposición tecnológica, sino de un profundo conocimiento de la complejidad del cerebro humano y de los riesgos que aún no podemos evaluar. “Desde el punto de vista de la seguridad, aún no está claro qué riesgos surgirán tras la implantación de una ICC en el cerebro humano -si los materiales implantados son tóxicos o dañinos para el cuerpo- su biocompatibilidad con el tejido cerebral y su eficacia”, señala. “Estas cuestiones aún deben someterse a pruebas a lo largo del tiempo y ser evaluadas científicamente.”
La pregunta clave, insiste, no es si podemos hacerlo sino por qué deberíamos hacerlo. “¿Cuál es el propósito de implantar ICC en personas sanas? ¿Por qué es necesario implantarlas?” Para el académico, la curiosidad o la moda tecnológica no son razones suficientes para someter a un cerebro sano a un procedimiento invasivo cuyas consecuencias a largo plazo desconocemos.
La caja negra del cerebro: un obstáculo científico
Uno de los argumentos más sólidos del profesor Yang contra la adopción precipitada de las ICC es la profunda ignorancia que aún tenemos sobre cómo funciona el cerebro. A pesar de los avances extraordinarios en neurociencia, la investigación sobre las funciones cerebrales superiores (pensamiento, conciencia, emoción, inteligencia, lenguaje) sigue siendo, en sus palabras, “muy superficial”.
“El cerebro humano realiza sus funciones no a través de células nerviosas individuales, sino mediante circuitos neuronales formados por numerosas células nerviosas conectadas por uniones especializadas (sinapsis)”, explica. “Actualmente, no podemos comprender completamente el significado de las numerosas y siempre cambiantes señales eléctricas generadas por las células nerviosas, ni siquiera sabemos con precisión qué regiones cerebrales y qué células nerviosas producen estas diversas señales eléctricas, ni en qué forma.”
Esta limitación no es un detalle menor. Significa que cualquier intento de “leer la mente” o de traducir pensamientos en acciones precisas mediante máquinas es, hoy por hoy, prácticamente imposible. “La interpretación precisa de las ondas cerebrales es prácticamente imposible”, afirma Yang. “Transferir señales de ondas cerebrales a máquinas para generar instrucciones precisas, logrando así la llamada conexión -mente a mente- entre humanos y máquinas, es un problema científico muy difícil de resolver aún hoy.”
El cerebro, además, no es un órgano estático. Su plasticidad, la capacidad de cambiar su estructura y función según el entorno y la experiencia, hace que incluso las señales eléctricas de una misma persona varíen significativamente en diferentes momentos. “Prácticamente no sabemos qué información representa o corresponde a un registro de EEG en un momento dado”, admite el académico.
De la medicina a la mente: aplicaciones reales y limitaciones
Donde las ICC sí han demostrado utilidad es en el ámbito médico, aunque con matices importantes. El profesor Yang subraya que su uso actual se limita a ensayos clínicos para un número reducido de enfermedades neurodegenerativas, principalmente el Parkinson, y siempre como último recurso cuando no existen tratamientos convencionales eficaces.
“Los cambios patológicos en el Parkinson se comprenden generalmente bien”, explica. “Las neuronas dopaminérgicas de una zona específica del cerebro (la sustancia negra) degeneran y mueren, lo que provoca una disminución correspondiente de los niveles de dopamina en otra zona (el cuerpo estriado), afectando así a las funciones motoras.” En estos casos, la estimulación eléctrica mediante ICC puede mejorar síntomas como la contractura muscular y las anomalías en el movimiento articular.
Otro ejemplo es la parálisis. Cuando las órdenes del sistema nervioso central no pueden llegar a los músculos debido a daños nerviosos, una ICC puede permitir que esas órdenes eviten la zona dañada y lleguen directamente a los músculos. Yang recuerda el emotivo momento durante la Copa Mundial de la FIFA en Brasil, cuando un jugador con parálisis en las extremidades inferiores dio el saque inicial gracias a un exoesqueleto controlado por una ICC. “Todo el estadio estalló en aplausos”, rememora.
Sin embargo, el académico es claro: las ICC pueden aliviar síntomas, pero no curar. “En enfermedades como el Parkinson, el Alzheimer y la ELA, en muchos casos, no está claro qué áreas del cerebro se ven afectadas, qué mecanismos causan el deterioro de ciertas funciones cerebrales”, señala. “Esto limita la aplicación de las ICC para estas enfermedades, las ICC pueden aliviar los síntomas hasta cierto punto, pero no las curan.”
Además, incluso cuando funcionan, los pacientes dependerían de estas interfaces de por vida, lo que difiere considerablemente de la rehabilitación y la cura típicas de las enfermedades.
El espectro de la “mente transparente”
Si algún día la neurociencia lograra avances significativos y las ICC maduraran hasta el punto de permitir la lectura de la mente, ¿Sería eso algo positivo? El profesor Yang no lo cree. De hecho, lo considera una amenaza existencial para la sociedad humana tal como la conocemos.
“Todos tenemos derecho a la privacidad”, afirma. “En un escenario extremo, todos podríamos leer la mente de los demás y descubrir lo que piensan, ¿Qué clase de mundo sería ese? Si todos los procesos mentales humanos quedaran expuestos a la luz del día, creo que representaría una tremenda amenaza. Todos seríamos personas transparentes, sin privacidad alguna. ¿Podría la sociedad humana sobrevivir en tales circunstancias?”
Esta reflexión conecta con una de las preocupaciones centrales del académico: el desarrollo científico y tecnológico es un arma de doble filo. Por eso aboga por establecer primero una supervisión ética, “como la construcción de una presa, para estar preparados ante cualquier eventualidad”.
La inteligencia artificial: ¿superará a la humana?
El profesor Yang, que durante años creyó firmemente en la supremacía insuperable de la inteligencia humana, ha cambiado de opinión. “Solía pensar que la inteligencia del cerebro humano era suprema e insuperable, pero ahora siento que esta visión es demasiado absoluta, así que quiero revisar mi opinión”, confiesa.
Dos experiencias personales marcaron este cambio. La primera ocurrió cuando, al redactar una carta de invitación en inglés para la Cumbre Internacional de Retina, pulsó un botón por accidente y vio aparecer en su teléfono una traducción al chino “increíblemente fluida, casi impecable”. “Incluso si la hubiera hecho yo mismo, me habría llevado bastante tiempo, pero el software la completó casi al instante”, recuerda. “En ese momento, me pregunté: ¿Seguiremos necesitando formar intérpretes simultáneos en el futuro?”
La segunda fue, leer sobre un profesor de música estadounidense que desarrolló un programa llamado EMI, capaz de crear música al estilo de Bach. “Los expertos comentaron que estas piezas se parecían estilísticamente más a las obras de Bach que las propias composiciones del compositor”, señala.
A esto se suma la capacidad informática, que superó las capacidades humanas hace décadas y el uso de inteligencia artificial para estudiar la estructura tridimensional de las proteínas, tarea en la que ya supera a los científicos. “Muchas ventajas que originalmente eran exclusivas de los humanos ahora palidecen en comparación con la inteligencia artificial”, reconoce Yang. “Es un hecho que los humanos no parecen ser tan hábiles como las máquinas.”
El académico no descarta que la inteligencia artificial pueda superar por completo a los humanos algún día, aunque cree que será un proceso muy largo. “Científicamente, nada es imposible, aunque aún considero que queda un largo camino por recorrer”, afirma.
Competencia, ansiedad y un futuro incierto
Este avance imparable de la inteligencia artificial tiene consecuencias sociales que preocupan al profesor Yang. “La inteligencia artificial ha potenciado las capacidades humanas, pero también ha generado conflictos internos y ansiedad entre las personas, creando una nueva competencia”, advierte. “Quien mejor comprenda la tecnología de inteligencia artificial y domine primero esta tecnología de vanguardia tendrá mayores capacidades.”
En el futuro, vaticina, la competencia no solo se dará entre personas; sino también entre personas y máquinas. “Trabajos como la traducción son relativamente arriesgados, y preveo que los traductores enfrentarán dificultades en su desarrollo profesional.”
También le preocupa el impacto en la integridad académica. “La mala conducta académica y el fraude académico serán más difíciles de identificar en el futuro, especialmente en el caso de los artículos de revisión, debido al uso generalizado de la inteligencia artificial.”
Una llamada a la prudencia
Frente a las promesas grandilocuentes de Elon Musk sobre un futuro de simbiosis humano-máquina, el profesor Yang se muestra escéptico. “Sé que esta es la opinión de Musk. Esta afirmación es más bien un concepto”, dice. “Actualmente, no hay pruebas concluyentes de que la inteligencia artificial ya haya influido en algunos aspectos, y controlado la inteligencia humana. La inteligencia artificial se centra más en integrarse en la sociedad humana según las intenciones humanas, prestando servicios a las personas.”
“La idea de que la inteligencia artificial pronto dominará o incluso controlará el mundo es claramente una exageración”, sentencia. Y añade: “Si esto llegara a suceder, ¿Serían las interfaces cerebro-computadora una buena estrategia? ¿Podrían contribuir a una comunicación eficaz o a un equilibrio entre humanos y máquinas? En mi opinión, tales conjeturas o predicciones carecen actualmente de fundamento científico.”
La postura del académico no es la de un tecnófobo, sino la de un científico que tras décadas dedicadas al estudio del cerebro, comprende tanto su complejidad como las limitaciones de nuestro conocimiento actual. Su mensaje es claro: la prudencia, la regulación ética y la reflexión profunda deben acompañar el desarrollo de tecnologías que, en el mejor de los casos, podrían transformar la medicina, y en el peor, amenazar los fundamentos mismos de nuestra humanidad.
En un mundo cada vez más entusiasmado con las promesas de la tecnología, la voz del profesor Yang Xiongli resuena como un recordatorio necesario: NO todo lo que podemos hacer debemos hacerlo. Y antes de abrir las puertas de nuestra mente a las máquinas, conviene preguntarse qué estamos dispuestos a perder en el proceso.
Fuente: Entrevista del profesor Yang Xiongli, académico de la Academia China de Ciencias y decano fundador del Instituto de Ciencias del Cerebro de la Universidad de Fudan, al programa «Science Masters» de NetEase News.
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