Un estudio realizado en Italia y publicado en la revista Death Studies ha confirmado lo que muchos profesionales de cuidados paliativos llevan años observando en silencio: las personas en fase terminal experimentan sueños y visiones en los días previos a su fallecimiento. No se trata de episodios aislados ni de simples alucinaciones.
Es un patrón que se repite, que tiene un fuerte contenido emocional y que, en la mayoría de los casos, resulta reconfortante para quien lo vive.
La investigación, liderada por Elisa Rabitti, contó con la participación de 239 profesionales sanitarios —médicos, enfermeros, psicólogos y voluntarios— que confirmaron que estas experiencias, conocidas como ELDVs (End-of-Life Dreams and Visions), son coherentes, frecuentes y merecen una atención clínica que hasta ahora no han recibido.
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El encuentro con los que ya se fueron: el patrón más común
Los relatos más habituales hacen referencia a encuentros con seres queridos ya fallecidos. Familiares cercanos, parejas, amigos e incluso mascotas aparecen en estos sueños y visiones con una nitidez que los pacientes describen como real. No son imágenes borrosas ni recuerdos difusos. Son presencias que transmiten calma, que acompañan, que preparan.
En uno de los casos recogidos por los investigadores, una paciente explicó que había soñado con su marido, quien le decía: «Te estoy esperando». La escena, lejos de causarle angustia, le proporcionó una sensación de paz y de continuidad. Es el tipo de experiencia que, según los profesionales, ayuda a los pacientes a aceptar el final y a reducir el miedo a lo desconocido.
Los investigadores consideran que estas vivencias tienen un importante componente emocional. A través de este lenguaje simbólico, los pacientes expresan miedos, deseos o asuntos pendientes. En la mayoría de los casos, las experiencias se describen como «calmadas» o «reconfortantes». Sin embargo, uno de cada diez episodios presenta un carácter más angustiante, con imágenes que los expertos relacionan con dolor, miedo o conflictos no resueltos.
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La cara oscura: cuando el sueño se convierte en pesadilla
No todas las visiones son placenteras. Algunos pacientes relatan experiencias perturbadoras que los profesionales interpretan como señales de necesidades clínicas o emocionales no cubiertas. En uno de los casos recogidos, un paciente describió que «un monstruo con la cara de mi madre me arrastraba hacia abajo».
La imagen, cargada de simbolismo, podría estar relacionada con conflictos familiares no resueltos o con un dolor emocional que el paciente no ha podido expresar de otra manera.
Estas experiencias angustiantes, aunque menos frecuentes, subrayan la importancia de escuchar y validar lo que los pacientes experimentan. El problema es que muchos no se sienten cómodos al relatarlas. El miedo al juicio, a ser percibidos como confundidos o a que sus visiones se interpreten como signos de delirio les lleva a callar. Y ese silencio priva a los profesionales de información valiosa para comprender y acompañar el proceso.
La dificultad de distinguir entre visión y delirio
Uno de los desafíos clínicos más importantes que enfrentan los profesionales es diferenciar las ELDVs de los episodios de delirium. Mientras que el delirium se caracteriza por confusión, desorientación y fluctuaciones en el nivel de consciencia, las visiones al final de la vida se producen en pacientes lúcidos, que mantienen su capacidad de razonar y de comunicar lo que experimentan.
Los participantes del estudio interpretan el patrón desde distintos enfoques: psicológico, espiritual, existencial y, en menor medida, biomédico. La respuesta clínica predominante es la escucha activa, la tranquilidad y el apoyo emocional. Sin embargo, la formación limitada en este ámbito provoca que el nivel de confianza y preparación varíe entre los profesionales.
«Los ELDV tienen un importante potencial relacional, y hablar sobre ellos permite a los pacientes abordar temas que de otro modo serían innombrables a través de un modo de expresión simbólico, sorteando los obstáculos del lenguaje racional, que en cambio puede desencadenar reacciones defensivas como la negación», explican los autores del estudio.
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Las señales de una muerte cercana
Cuando el final de la vida se aproxima, el cuerpo inicia un proceso de desconexión progresiva que se manifiesta en señales reconocibles. La persona suele hablar y moverse menos, pasa gran parte del tiempo durmiendo y responde cada vez menos a los estímulos. Este proceso, conocido como «desapego», refleja una retirada progresiva de la vida cotidiana.
Es importante tratar a la persona como si pudiera oír y comprender, ya que el oído es el último sentido en desaparecer. La comunicación, aunque sea unidireccional, sigue siendo un acto de acompañamiento y de respeto.
Según Enric Benito, experto en cuidados paliativos, «el paciente suele empezar por intuir que debe prepararse porque la vida se acerca a su final y que, tras ello, vendrá otra etapa». Esta sensación de preparación es bastante común y, según el estado emocional y el acompañamiento que reciba, puede vivirse con serenidad o con miedo, ansiedad y angustia.
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Con el tiempo, el cuerpo come y bebe cada vez menos, algo que forma parte natural del proceso y no implica la necesidad de mantener una nutrición activa en esta fase. Posteriormente, el paciente entra en un estado de mayor somnolencia, puede dejar de reconocer a quienes le rodean y comienza a apartarse de la realidad cotidiana.
Algunos especialistas describen que en este periodo es frecuente que el paciente perciba la presencia de seres queridos fallecidos, lo que en muchos casos se asocia a una sensación de calma y alivio en el entorno.
En las fases finales puede aparecer la llamada «agonía» o estertor, un patrón respiratorio característico que se considera fisiológico dentro del proceso de morir y que el propio paciente no suele percibir como sufrimiento debido a la disminución de la consciencia.
Lo que la ciencia aún no sabe y lo que los pacientes necesitan
A pesar de su prevalencia e importancia relacional, los sueños y visiones al final de la vida carecen de una comprensión cultural y clínica clara. Los pacientes suelen dudar en revelarlos por miedo al ridículo, al juicio o a ser percibidos como confundidos, y pueden minimizar su importancia cuando los comparten.
La investigación publicada en Death Studies es un paso importante para visibilizar estas experiencias y para formar a los profesionales en su manejo clínico. Pero queda mucho por hacer. La formación limitada, la falta de protocolos estandarizados y la ausencia de un lenguaje común para hablar de estas vivencias son obstáculos que dificultan el acompañamiento adecuado.
Lo que está claro es que los sueños y visiones al final de la vida no son un síntoma de confusión ni un simple producto de la imaginación. Son una experiencia real, coherente y profundamente significativa para quienes la viven. Y los profesionales que los acompañan tienen la responsabilidad y la oportunidad de escuchar, validar y reconfortar.
La muerte es un misterio que la ciencia aún no ha descifrado por completo. Pero en el umbral, en ese espacio donde la consciencia se desdibuja y el cuerpo se apaga, muchas personas encuentran un último consuelo: la presencia de quienes ya se fueron, la sensación de que no están solas, la certeza de que alguien las espera. No es una prueba de nada, pero es una realidad que merece ser escuchada.
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