Un equipo de científicos españoles ha logrado que un hombre ciego recupere parcialmente la visión gracias a un implante cerebral de microelectrodos y estimulación eléctrica de la corteza visual, en un avance considerado histórico en el tratamiento de la ceguera neurológica.
¿Qué se ha descubierto exactamente?
Un grupo de investigadores de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche ha conseguido que un paciente con ceguera total por daño irreversible del nervio óptico recupere parte de su visión natural utilizando microestimulación eléctrica cerebral.
El paciente, que llevaba aproximadamente tres años en oscuridad absoluta, comenzó a percibir luces y movimientos pocos días después de la intervención, llegando a distinguir la posición de personas y objetos delante de él.
¿Quiénes son los científicos y dónde se ha hecho?
El ensayo clínico se ha llevado a cabo en la Universidad Miguel Hernández de Elche, un centro puntero en neuroingeniería y prótesis visuales, junto con el CIBER-BBN (Centro de Investigación Biomédica en Red en Bioingeniería, Biomateriales y Nanomedicina).
El proyecto está liderado por el Instituto de Bioingeniería de la UMH, un grupo que ya era referente internacional por implantes visuales experimentales que permiten a personas ciegas percibir formas simples, movimiento e incluso algunas letras mediante matrices de microelectrodos corticales.
El caso del Paciente: de la oscuridad a percibir luz y movimiento
El protagonista, identificado como Miguel Terol, había perdido completamente la visión a causa de un daño severo en el nervio óptico, una situación en la que ni gafas, ni cirugías o trasplantes de córnea pueden devolver la vista porque la información visual deja de llegar al cerebro.
Luego del implante y el inicio de la microestimulación cerebral, el paciente comenzó a notar primero destellos y luces, y posteriormente fue capaz de localizar personas, diferenciar movimientos y percibir sombras frente a él de forma estable en el tiempo.
Aunque la recuperación es parcial y está lejos de una visión normal, los investigadores subrayan que supone un salto cualitativo: ya no se trata solo de fosfenos aislados, sino de una visión funcional básica que mejora la orientación y la autonomía.
¿Cómo funciona la técnica? Microestimulación cerebral y matriz de microelectrodos
La clave del avance está en un implante intracortical: una matriz de aproximadamente 100 microelectrodos colocada directamente sobre la corteza visual primaria, la región del cerebro responsable de procesar la información que normalmente llega desde los ojos a través del nervio óptico.
Mediante cirugía, los neurocirujanos implantan este dispositivo de apenas unos milímetros de lado, conectado a un sistema externo capaz de enviar patrones de estimulación eléctrica controlados a cada microelectrodo.
Con esa estimulación se generan fosfenos (pequeños puntos o destellos de luz percibidos por el paciente) que, organizados en patrones, permiten construir formas sencillas, movimientos, contornos e incluso algunos caracteres de gran tamaño.
En este nuevo caso, lo extraordinario es que, tras trabajar con estos estímulos artificiales, el paciente comenzó a recuperar de manera espontánea parte de su visión natural, es decir, sin depender solo de las señales generadas por el implante.
¿Por qué este caso es tan excepcional?
En la mayoría de prótesis visuales experimentales, el objetivo es generar una visión artificial limitada, útil para orientarse o reconocer formas simples, pero no se espera la recuperación de la visión natural.
En este ensayo, los investigadores buscaban también evocar percepciones visuales artificiales, pero se encontraron con un resultado “tan excepcional como inesperado”: el cerebro del paciente empezó a reactivar vías visuales propias que se consideraban perdidas.
Este fenómeno sugiere que la microestimulación dirigida puede, en algunos casos, desencadenar procesos de plasticidad cerebral capaces de reabrir circuitos silenciosos, algo que abre una puerta nueva en la neurorehabilitación de la ceguera de origen neurológico.
La Ciencia detrás del Implante: visión artificial y plasticidad cerebral
Los implantes corticales visuales buscan emular de forma parcial el funcionamiento natural de la visión: convertir información del entorno en patrones de actividad eléctrica que el cerebro pueda interpretar como imágenes.
El sistema desarrollado por la UMH es bidireccional: no solo envía estímulos, sino que también registra respuestas neuronales para ajustar en tiempo real la intensidad, el patrón y la frecuencia de la estimulación.
Este “diálogo” entre cerebro y dispositivo aprovecha la notable capacidad de plasticidad del sistema nervioso, permitiendo que el cerebro aprenda a interpretar las señales del implante y que el propio implante se adapte a cómo responde el paciente, mejorando la resolución espacial y temporal con el uso.
¿Qué limitaciones existen? Qué puede ver realmente el paciente
Los propios investigadores subrayan que no se trata de volver a ver “como antes”, sino de recuperar una visión funcional que permita orientarse mejor, percibir presencia de personas y objetos, distinguir movimientos y, en el futuro, quizás leer caracteres grandes o reconocer formas más complejas.
En este caso concreto, el paciente describe la aparición de luces, sombras y movimientos, pudiendo localizar correctamente brazos y cuerpos a su alrededor y diferenciar dónde están los interlocutores frente a él.
Todavía no hablamos de reconocer caras o leer texto normal, pero sí de un cambio radical respecto a la oscuridad total previa y suficiente para mejorar su calidad de vida.
Comparación con otros avances recientes del campo de la visión
Este logro se enmarca en una ola de avances internacionales en restauración visual:
- En España, el mismo grupo ya había logrado que una mujer ciega desde hacía 16 años percibiera formas y letras mediante un implante cortical experimental.
- En otros países, se han probado terapias génicas que permiten recuperar visión en casos de ciertas distrofias hereditarias, así como implantes oculares electrónicos para pacientes con puntos ciegos incurables.
Lo diferencial de este ensayo español es que se dirige a ceguera por daño del nervio óptico, un campo especialmente complejo porque los ojos pueden seguir funcionando, pero la información nunca llega al cerebro.
Fases del ensayo clínico y seguridad
El ensayo forma parte de un programa clínico inicial, con un número muy reducido de participantes y una duración limitada del implante, lo que permite evaluar:
- Seguridad quirúrgica del procedimiento.
- Tolerancia del implante intracortical.
- Estabilidad de la estimulación y de las percepciones visuales.
- Posibles efectos adversos neurológicos a corto plazo.
Los investigadores insisten en la necesidad de avanzar con cautela: aunque el resultado es muy prometedor, aún hay muchos problemas que resolver, como optimizar la codificación de la información visual, mejorar la resolución de las imágenes percibidas y estudiar la compatibilidad del implante a largo plazo.
¿Qué supone para el futuro de las personas ciegas?
Este caso NO significa que exista ya una “cura” para la ceguera, pero sí que estamos más cerca de ofrecer soluciones funcionales a determinados tipos de pacientes que hasta ahora no tenían alternativa.
En el futuro, si los ensayos confirman estos resultados en más personas, podrían desarrollarse:
- Prótesis visuales corticales comerciales para ceguera por daño del nervio óptico.
- Sistemas híbridos que combinen cámaras externas, procesamiento por inteligencia artificial y microestimulación cerebral para traducir el entorno en patrones de luz útiles para el paciente.
- Programas de rehabilitación visual específicos para entrenar al cerebro a interpretar estas nuevas señales y maximizar la ganancia funcional.
Preguntas abiertas y desafíos futuros por resolver
A pesar del entusiasmo, quedan retos importantes:
- Confirmar si la recuperación parcial de visión natural se puede reproducir en más pacientes o es un caso excepcional.
- Determinar cuánto dura en el tiempo esta mejoría sin necesidad de estimulación continua.
- Mejorar la resolución, el campo visual percibido y la calidad de las imágenes.
- Reducir riesgos quirúrgicos y asegurar la biocompatibilidad de los microelectrodos a largo plazo.
- Establecer qué perfiles de ceguera (por nervio óptico, retina o causas centrales) se benefician más de este tipo de implantes.
