Durante siglos, la biología ha enseñado una secuencia tan simple como implacable: nacemos, vivimos, morimos. El fin. Pero la investigación más reciente sugiere que esa línea divisoria, que creíamos infranqueable, podría ser mucho más difusa de lo que imaginábamos.
Un creciente cuerpo de estudios apunta a la existencia de un “tercer estado” entre la vida y la muerte, un espacio liminal donde las células, tras el fallecimiento del organismo que las albergaba, se reorganizan para formar algo completamente nuevo.
La idea, tan revolucionaria como controvertida, está siendo investigada por científicos de todo el mundo, y sus implicaciones podrían transformar no solo nuestra comprensión de la biología, sino también el futuro de la medicina.
Xenobots: cuando las células se niegan a desaparecer
En septiembre de 2024, el Dr. Peter Noble, microbiólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham, junto con el Dr. Alex Pozhitkov, investigador en bioinformática del centro oncológico City of Hope, detallaron una investigación que está sacudiendo los cimientos de la biología celular. El objeto de estudio son los xenobots, una nueva clase de organismos multicelulares que, según los investigadores, constituyen una especie de “tercer estado” de la vida.
Los xenobots son células que desarrollan nuevas funciones más allá de su propósito biológico original. Utilizan cilios similares a pelos para la locomoción en lugar de transportar moco, por ejemplo, y parecen reensamblarse en formas y funciones que nunca tuvieron en el organismo del que provienen. Estas formas probablemente no se materializarían en la naturaleza, pero demuestran que las células tienen una capacidad de adaptación sorprendente cuando se las saca de su contexto habitual.
Los experimentos con células humanas, conocidos como “antrobots”, también muestran este comportamiento. En conjunto, estos hallazgos desafían la idea de que las células y los organismos solo pueden evolucionar de maneras predeterminadas. El tercer estado sugiere que la muerte de un organismo puede desempeñar un papel importante en la transformación de la vida con el tiempo.
La célula consciente: una teoría que divide a la comunidad científica
Las implicaciones de estos descubrimientos van mucho más allá de la biología celular. El biólogo evolutivo y médico William Miller, coautor del libro The Sentient Cell (2023), sostiene que los xenobots son solo otro ejemplo de cómo no damos crédito a las capacidades cognitivas inherentes, o incluso a la consciencia, de las células que componen nuestro cuerpo.
“El organismo en su conjunto ya no responde como antes, pero subconjuntos de células son activos, toman decisiones y resuelven problemas”, afirma Miller. “Esto reconstituye fundamentalmente nuestra percepción del ser vivo… la unidad fundamental de la agencia biológica es la célula consciente”.
La teoría de las Bases Celulares de la Consciencia (CBC) sugiere que las células conservan cierto tipo de consciencia, una idea que, según Miller, supone un cambio radical en la biología. Dado que las células deben trabajar en conjunto para tener éxito, un eslogan microbiano más preciso podría ser: “Me sirvo mejor a mí mismo sirviendo a los demás”.
Para Michael Levin, biólogo sintético y de desarrollo de la Universidad de Tufts, cuyo laboratorio construyó los xenobots, los seres humanos tienen una capacidad limitada para percibir la inteligencia cuando es “extremadamente pequeña o extremadamente grande”. “Nosotros, como humanos, tenemos una capacidad muy limitada y una habilidad muy perfeccionada para percibir la inteligencia en objetos de tamaño mediano que se mueven a velocidades medias en el espacio tridimensional”, afirma Levin.
El escepticismo de la comunidad científica
No todos los científicos están convencidos de este nuevo y prometedor futuro para la biología. Una carta de 2024 publicada en la revista EMBO Reports describe la teoría de la CBC como “un mero ejercicio intelectual sin evidencia empírica”, y sus autores se muestran igualmente escépticos ante las afirmaciones sobre la consciencia en relación con los xenobots.
“Se sabe desde hace unos 75 años o más que las células pueden inducirse a un desarrollo anormal al sacarlas de contexto y cultivarlas in vitro. Esto no es nada nuevo”, declaró el biólogo vegetal Lincoln Taiz, de la Universidad de California en Santa Cruz y coautor de la carta. “Cuando un insecto herbívoro secreta hormonas en las hojas de las plantas, provocando que estas formen agallas, ¿se trata de un ‘tercer estado’ de vida?”.
Wendy Ann Peer, bióloga de la Universidad de Maryland y también coautora de la carta discrepante, señala que la idea de la conciencia celular carece del rigor científico necesario para ser considerada una teoría. “Con el método científico, debe haber un control y una hipótesis claramente probada”, afirma Peer. “Y la clave de la hipótesis es que sea refutable”.
Cuando las células se extraen de contexto y dejan de intercambiar información o señales con las células cercanas, pueden expresarse genes diferentes a los normales, explica Peer. En pocas palabras, los xenobots son una versión avanzada de los “capuchones animales”, una técnica bien conocida en biología del desarrollo en la que las células conservan la capacidad de diferenciarse en otras células.
El futuro de la medicina: colaborar con las células
A pesar del escepticismo, ambos grupos coinciden en al menos un punto importante: comprender las células y explorar sus múltiples capacidades representa una gran oportunidad. Taiz compara el uso potencial de los antrobots en medicina con el comportamiento de los humanos como sus propios “insectos formadores de agallas en las plantas”, alterando el desarrollo de células madre para crear comportamientos celulares específicos.
Miller coincide. “El trabajo de Levin es un buen ejemplo de cómo intentar discernir cómo colaborar con las células para crear formas de vida que ayuden a los humanos”, afirma. “Estamos aprendiendo a hacer lo que hacen las células, y si somos inteligentes, colaboraremos con ellas”.
La posibilidad de crear medicamentos a medida elaborados a partir de los propios tejidos del paciente para evitar una respuesta inmunitaria peligrosa es solo una de las aplicaciones potenciales de esta investigación. Los xenobots y antrobots podrían revolucionar la forma en que tratamos las enfermedades, reparan tejidos y comprendemos los procesos fundamentales de la vida.
La muerte como transformación, no como final
La idea de un tercer estado entre la vida y la muerte no es solo una curiosidad científica. Es una invitación a repensar nuestra relación con la biología, con la consciencia y con la propia muerte. Si las células pueden reorganizarse tras el fallecimiento del organismo para formar algo nuevo, ¿qué nos dice eso sobre la naturaleza de la vida? ¿Y sobre nuestra propia mortalidad?
La ciencia aún no tiene respuestas definitivas. Lo que está claro es que la frontera entre la vida y la muerte es más porosa de lo que pensábamos, y que las células, esas unidades microscópicas que nos componen, guardan secretos que apenas estamos empezando a descubrir.
Conscientes o no, parece que las células desempeñarán sin duda un papel fundamental en el futuro de la salud humana. Y quizás, en ese futuro, la muerte deje de ser un final para convertirse en una transformación. La constelación de 30 billones de células que nos compone no se apaga de golpe; se reconfigura, se adapta, se reinventa. En el umbral entre la vida y la muerte, algo nuevo siempre está a punto de nacer.
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