David Gross tiene 85 años y ha dedicado su vida a desentrañar los secretos más profundos del universo. Ganó el Premio Nobel de Física en 2004 por descubrir la libertad asintótica, un concepto fundamental en la cromodinámica cuántica.

En 2026 recibió el Breakthrough Prize, conocido como el Óscar de la ciencia. Pero cuando le preguntan por el futuro, no habla de partículas ni de teorías. Habla de supervivencia. Y su mensaje es escalofriante: a la humanidad le quedan, en promedio, 35 años.
No es una profecía. Es un cálculo de probabilidades y según Gross, las matemáticas no mienten.
La probabilidad que se acumula como la radiactividad
La afirmación de Gross, recogida por Live Science y Scientific American, parte de una premisa tan simple como aterradora. Durante la Guerra Fría, incluso en los peores momentos, los tratados de control de armas mantenían el riesgo de una guerra nuclear en torno al 1% anual.
Todos esos tratados han desaparecido y la tensión entre las grandes potencias ha vuelto a niveles que no se veían desde hace décadas.
Ucrania, Irán, el aumento de los arsenales, la retórica belicista. El resultado, según su estimación, es que el riesgo anual se ha duplicado: cerca del 2%, una probabilidad de 1 entre 50 cada año.
“Es como la desintegración radiactiva de un átomo”, explicó Gross. “Puede ser un evento extremo de baja probabilidad, pero cuanto más tiempo pasa, más probable es que ocurra. La probabilidad se acumula. Así es como deberíamos pensar en esto”.
Con una probabilidad del 2% anual, el tiempo medio hasta que ocurra un evento de ese tipo es de 50 años, pero Gross afina aún más. Su cálculo, basado en ecuaciones probabilísticas, sugiere que el plazo medio antes de una guerra nuclear a gran escala es de aproximadamente 35 años.
Es decir, si las cosas no cambian, la humanidad tiene por delante tres décadas y media antes de enfrentarse a la catástrofe.
“No me obsesiona el futuro de las ideas, sino la supervivencia”
Lo más llamativo de las declaraciones de Gross no es solo la cifra, sino el tono.
Un hombre que ha pasado su vida investigando las leyes fundamentales de la naturaleza, que ha contribuido a comprender cómo funcionan las fuerzas que mantienen unido el universo, ahora dedica su tiempo a advertir al mundo de que puede dejar de existir.
“Me pediste que pensara en el futuro, y llevo unos años obsesionado con eso, no con el futuro de las ideas y la comprensión de la naturaleza, sino con la supervivencia de la humanidad”, confesó.
Y esas conclusiones le han llevado a un pesimismo que comparte con una creciente comunidad de expertos. La diferencia es que él tiene el altavoz que le da un Nobel y un Breakthrough Prize. Y lo está usando.
El contexto: un mundo que se desmorona
No hace falta ser un físico teórico para percibir que el ambiente geopolítico se ha enrarecido. La invasión rusa de Ucrania ha reactivado los fantasmas de la Guerra Fría.
El conflicto en Oriente Medio, con Irán en el centro, añade una capa adicional de inestabilidad. Corea del Norte sigue perfeccionando su arsenal nuclear. Y las grandes potencias, Estados Unidos, China, Rusia, parecen más interesadas en competir que en cooperar.
Los tratados de control de armas que durante décadas mantuvieron a raya la posibilidad de un conflicto nuclear han sido desmantelados uno tras otro. El Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) murió en 2019.
El Nuevo START, el último gran acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, está en el limbo. Y mientras tanto, países como China, India y Pakistán amplían sus arsenales sin que exista un marco internacional que lo regule.
Gross no habla de hipótesis. Habla de tendencias. Y la tendencia, dice, es clara: el riesgo aumenta.
Una advertencia, no una sentencia
El mensaje de Gross podría interpretarse como una sentencia de muerte. Pero él no lo plantea así. Su objetivo no es asustar, sino despertar. La probabilidad no es un destino. Es un cálculo que depende de las decisiones que tomemos. Si el riesgo anual es del 2% porque las tensiones son altas, reducirlas lo reduciría.
Si los tratados de control de armas se recuperaran, el riesgo bajaría. Si la cooperación internacional sustituyera a la confrontación, el futuro sería otro.
La advertencia de Gross es un recordatorio de que la supervivencia de la humanidad no está garantizada. No hay una ley física que asegure que seguiremos aquí dentro de un siglo.
Somos nosotros, con nuestras decisiones, quienes determinamos si la especie continúa o se extingue. Y en un mundo distraído por la inteligencia artificial, el cambio climático y las crisis económicas, el riesgo nuclear sigue ahí, silencioso, acumulándose como la radiactividad.
35 años para cambiar el rumbo
David Gross no es el primero en advertir sobre el riesgo nuclear. Albert Einstein lo hizo. Carl Sagan lo hizo. La diferencia es que Gross ha puesto una fecha. Y aunque esa fecha sea una estimación probabilística, no un destino ineludible, tiene el poder de sacudir conciencias.
Nos quedan, en promedio, 35 años. Puede que sean más. Puede que sean menos. Depende de nosotros. La pregunta no es si la humanidad sobrevivirá, sino si seremos capaces de tomar las decisiones necesarias para que lo haga. Gross ha hecho su parte.. Ha lanzado la advertencia.
Ahora, les toca a los líderes mundiales, a los ciudadanos, a todos nosotros, decidir qué hacemos con ella. Porque el reloj no se detiene. Y la probabilidad se acumula.
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