Teruel desafía a la paleontología mundial: el cráneo de estegosaurio más completo de Europa y el primer diplodocus fuera de Norteamérica reescriben 150 millones de años de historia

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Dos fósiles hallados en la provincia aragonesa obligan a redibujar el mapa evolutivo de los dinosaurios. El cráneo de Dacentrurus armatus —el mejor conservado del continente— y 14 vértebras de un diplodocus de 25 metros demuestran que la Península Ibérica fue un corredor clave entre continentes durante el Jurásico Superior.

Teruel se ha convertido en el epicentro mundial de la paleontología. En menos de un año, los yacimientos de Riodeva y El Castellar han entregado dos fósiles que, por separado, ya serían hitos científicos.

Juntos, constituyen una revolución: el cráneo de estegosaurio más completo jamás encontrado en Europa y la primera evidencia confirmada de Diplodocus fuera de Norteamérica. Ambos hallazgos, publicados en revistas de referencia como Vertebrate Zoology y Journal of Vertebrate Paleontology, no solo amplían el catálogo de dinosaurios ibéricos, sino que redefinen hipótesis evolutivas y biogeográficas vigentes durante más de un siglo.

El cráneo que reescribe la evolución de los dinosaurios acorazados

El fósil de Riodeva es, en palabras de los investigadores, “el cráneo de estegosaurio mejor conservado de Europa”. Pertenecía a un Dacentrurus armatus, el estegosaurio europeo por excelencia, cuya primera descripción cumple 150 años en 2025.

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Fue recuperado en el yacimiento “Están de Colón”, en sedimentos de la Formación Villar del Arzobispo datados hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Superior.

Lo excepcional del hallazgo radica en una realidad cruel de la paleontología: los cráneos de dinosaurio rara vez se fosilizan. La extrema fragilidad de sus huesos los convierte en piezas casi imposibles de recuperar. “Este descubrimiento es clave para entender cómo evolucionaron los cráneos de los estegosaurios”, explica Sergio Sánchez Fenollosa, investigador de la Fundación Dinópolis y coautor del estudio.

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El cráneo, de apenas 40 centímetros para un animal que superaba los ocho metros de longitud, ha revelado detalles anatómicos hasta ahora desconocidos de la especie.

Pero el impacto del fósil va mucho más allá de su anatomía. A partir de su estudio, los investigadores han propuesto una reorganización completa de las relaciones de parentesco de los estegosaurios a escala global, formalizando un nuevo grupo denominado Neostegosauria. Este clado incluye estegosáuridos de tamaño mediano a grande que habitaron África y Europa durante el Jurásico Medio y Superior, Norteamérica durante el Jurásico Superior, y Asia durante el Jurásico Superior y el Cretácico Inferior.

“Este doble logro (el estudio de un fósil excepcional y la propuesta de una nueva hipótesis evolutiva) posiciona esta investigación como un referente mundial en el estudio de los estegosaurios”, subraya Alberto Cobos, director gerente de la Fundación Dinópolis y coautor de la publicación.

El yacimiento de Riodeva, además, sigue siendo objeto de investigación y aún alberga restos postcraneales del mismo ejemplar adulto y, de forma especialmente destacada, fósiles de individuos juveniles, una combinación extremadamente rara en este tipo de dinosaurios.

El diplodocus que cruzó el Atlántico

Mientras Riodeva entregaba el cráneo del estegosaurio, el yacimiento de La Tejería, en El Castellar, hacía lo propio con un hallazgo igualmente disruptivo: 14 vértebras de la parte media y posterior de la cola, junto a varios chevrones, que han sido identificados como pertenecientes al género Diplodocus. Es la primera evidencia confirmada de este icónico saurópodo fuera de Norteamérica.

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El ejemplar habría alcanzado unos 25 metros de longitud, comparable en tamaño a sus parientes norteamericanos, y vivió hace aproximadamente 150 millones de años. Los análisis osteológicos y filogenéticos —tanto por máxima parsimonia como por inferencia bayesiana— situaron consistentemente los restos dentro del género Diplodocus, aunque sin asignarlos a una especie concreta, clasificándose como Diplodocus sp.

“Desde las primeras etapas del estudio osteológico notamos fuertes similitudes con varios saurópodos diplodocinos. A medida que observábamos la anatomía más de cerca, empezamos a identificar una combinación de rasgos característicos de las especies de Diplodocus”, relata Sánchez Fenollosa, autor principal del estudio. “Con cada nuevo resultado, la imagen se volvía más clara: estábamos ante un Diplodocus”.

La relevancia científica de este hallazgo trasciende la mera ampliación del rango geográfico. Durante el Jurásico Superior, el Atlántico norte apenas comenzaba a abrirse y la configuración de los continentes era radicalmente distinta.

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La presencia de Diplodocus en Iberia constituye una de las pruebas más sólidas de que existieron conexiones terrestres o corredores emergidos que permitieron el intercambio de fauna entre Norteamérica y Europa. Los sedimentos de la Formación Villar del Arzobispo presentan notables semejanzas con la célebre Formación Morrison estadounidense, donde ya se habían identificado otros dinosaurios compartidos como Allosaurus y Stegosaurus.

Teruel, un laboratorio natural del Jurásico

La coincidencia temporal y geográfica de ambos descubrimientos no es casual. La provincia de Teruel alberga uno de los registros fósiles más ricos y continuos del Jurásico Superior europeo. Los yacimientos de la Formación Villar del Arzobispo, que se extienden por buena parte de la provincia, han proporcionado en las últimas décadas dinosaurios tan relevantes como Turiasaurus riodevensis, uno de los saurópodos más grandes de Europa, y Oblitosaurus bunnueli, un ornitópodo basal.

La Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis, responsable de las excavaciones, ha convertido esta región en un referente internacional. El Museo Aragonés de Paleontología, ubicado en Dinópolis, expone ya tanto el cráneo de Dacentrurus armatus como los restos del diplodocus, junto a otros fósiles emblemáticos de la provincia.

“Estos hallazgos siguen incrementando exponencialmente el patrimonio paleontológico de la provincia de Teruel, convirtiéndola en una de las regiones icónicas para comprender la evolución de la vida en la Tierra”, concluye Cobos.


Conclusión

El estegosaurio de placas y púas que popularizaron series de animación como En busca del valle encantado tiene ahora un rostro real, y ese rostro procede de Teruel. El diplodocus de cuello interminable que durante casi 150 años pareció un gigante exclusivamente norteamericano también caminó por lo que hoy es España.

Dos fósiles, dos especies icónicas, una provincia que se ha convertido en la capital mundial de la paleontología del Jurásico. Y lo mejor de todo: los yacimientos siguen abiertos. La historia de los dinosaurios de Teruel no ha hecho más que empezar.

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